Salvo que la persona que lea estas líneas pertenezca al reducido grupo que la ha originado y que no la padece, todos coincidimos en que la crisis la paga la clase trabajadora. Esa que no llega a fin de mes, los "afortunados" casi mileuristas que pasamos los días aterrados por nuestra precariedad laboral, los que malviven de sus pensiones que no superan el umbral de la pobreza, aquellas que buscan desesperadamente un empleo porque ya no tienen ninguna fuente de ingresos en su familia. Esta crisis no es la consecuencia de un cúmulo de circunstancias negativas e imprevisibles. Se trata de una cruel estrategia urdida por una minoría privilegiada y poderosa, refrendada por un Gobierno y unos Sindicatos cuyos motivos todos imaginamos y que no me atrevo a exponer.
El fin de la crisis es suprimir los derechos sociales que tan duramente hemos adquiridos a lo largo de décadas, crear un ambiente de miedo e incertidumbre laboral que nos impida luchar por nuestro bienestar, enriquecer aún más a las oligarquías económicas y convertir nuestro débil Estado de Derecho en la inmoral plutocracia que dirige nuestras vidas. No podemos seguir siendo cómplices con nuestra pasividad de esta situación esperpéntica. No podemos resignarnos a pagar lo que otros gastan, a perder lo poco que tenemos en favor de los que poseen todo. Ha llegado el momento de -pacíficamente- hacernos oír y reclamar lo que es nuestro.
Egipto, Túnez o Islandia han sabido hacer frente a este estudiado ataque contra el Estado del Bienestar. El Pueblo ha sabido reclamar lo que le pertenece y se ha echo oír, en una clara demostración de que es posible el cambio. Las circunstancias de esto paises difieren de las nuestras, pero el problema es el mismo. Lo realmente importante es que se han atrevido a tomar la iniciativa, se han atrevido a levantar la voz porque, si algo está claro, es que la crisis la pagamos por nuestro silencio.
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